Esther Tobarra y Fernando Wang |

Cada día respiramos unas veinte mil veces sin pensarlo. La contaminación de nuestras ciudades es hoy uno de los grandes desafíos de salud de nuestro tiempo, pero también una de las pocas crisis que sabemos cómo resolver.

Esta es la historia de lo que respiramos y de lo que podemos cambiar.

Son las siete de la mañana en cualquier gran ciudad. Una madre empuja un carrito por la avenida principal. Los coches se paran en semáforo rojo; el bebé va sentado justo a la altura de los tubos de escape. Unos metros más allá, un hombre mayor se detiene en un banco a recuperar el aliento. Un grupo de adolescentes pedalea hacia el insti. Ninguno de ellos piensa en el aire. Y, sin embargo, en cada bocanada entra en su cuerpo una mezcla invisible de gases irritantes y partículas diminutas.

Durante décadas asociamos la contaminación con fachadas ennegrecidas o con esa tos incómoda de los días de boina gris sobre la ciudad. La ciencia de los últimos diez años nos ha contado otra historia, más profunda y más íntima: el aire sucio no se queda en los pulmones. Viaja por la sangre, llega al corazón y al cerebro, y empieza a influir en nuestra vida incluso antes de nacer.

Una cifra que cuesta imaginar

Cuando la Comisión de The Lancet sobre Contaminación y Salud publicó sus conclusiones, muchos investigadores tuvieron que releer los números. Nueve millones de personas mueren cada año por enfermedades relacionadas con la contaminación: el triple que por SIDA, tuberculosis y malaria juntos, y quince veces más que por todas las guerras y formas de violencia del planeta. Casi el 92% de las muertes relacionadas con la contaminacion del aire occuren en paises en desarrollo o de ingresos bajos, y las enfermedades secundarias a la contaminacion son mas prevalentes entre las minorias y los grupos marginalizados de cualquier pais.


Detrás de esas cifras hay nombres. En Europa, el aire urbano se asocia a unas 400.000 muertes prematuras al año. En España hablamos de más de 23.000 vidas (Ortega el al); en el Reino Unido, de unas 40.000, con un coste económico que supera los 20.000 millones de libras anuales (RCPCH). Y no solo se trata de quienes fallecen: millones de personas conviven con enfermedades crónicas que, en buena parte, podrían haberse evitado.

No es una tragedia inevitable. Es un problema con causas
conocidas y soluciones probadas.

Mucho más que un problema de pulmones

Hoy sabemos que las partículas finas (PM2,5) y ultrafinas son tan pequeñas que cruzan la delgadísima pared de los alvéolos y pasan al torrente sanguíneo. Desde ahí, su recorrido afecta a casi todo el organismo:

Corazón y vasos sanguíneos: se relaciona con el 19 % de las muertes cardiovasculares y el 24 % de las paradas cardíacas súbitas. Daña el revestimiento interno de las arterias, favorece la aterosclerosis y acelera la coagulación (Ortega et al).

Cerebro: está detrás del 21 % de los ictus y se asocia a procesos neurodegenerativos en adultos (Ortega et al).

Aparato respiratorio: interviene en el 51 % de las muertes por EPOC y en el 23 % de las muertes por cáncer de pulmón (Ortega et al).

Metabolismo: cada vez más estudios la vinculan con la diabetes: el estrés oxidativo que provoca favorece la resistencia a la insulina.

Quien trabaja cada día con pacientes respiratorios o cardíacos lo ve con claridad: el aire que se respira en la calle también forma parte de la historia clínica.

Los más pequeños, los primeros en notarlo
Si hay alguien que merece que pensemos en el aire, son los niños. Respiran más aire por kilo de peso que un adulto, sus pulmones todavía se están formando y su estatura los coloca justo a la altura de los coches. Y la exposición empieza antes: las partículas ultrafinas (PM 2.5) y algunos hidrocarburos son capaces de atravesar la placenta.

Embarazo y nacimiento: Segun cifras del Reino Unido, la exposición materna al tráfico explica el 15 % de los casos de bajo peso en bebés nacidos a término (con una pérdida media de 100 a 200 gramos) y aumenta de forma notable el riesgo de parto prematuro.

Desarrollo del cerebro: La contaminación durante la gestación se asocia a un menor cociente intelectual, a más casos de trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y a rasgos del espectro autista.

Primeros años: La exposición al NO2 en los primeros meses de vida se relaciona con un aumento importante de las bronquiolitis graves y del asma infantil que requiere hospitalización.

Pensar en el aire es, en el fondo, pensar en la infancia que queremos proteger.

¿Pero qué respiramos exactamente?
La mayor parte de la contaminación urbana procede de la quema de combustibles fósiles: el tráfico (especialmente los motores diésel), las calefacciones de gas, carbón o gasóleo, las centrales térmicas y la industria. Pero la lista de fuentes es más cotidiana de lo que pensamos:

PM2,5: Hollín y partículas ultrafinas de motores diésel y gasolina; humo de incendios forestales, quemas agrícolas y estufas o chimeneas de leña y carbón; humo de tabaco (directo y pasivo) y aerosoles de cigarrillos electrónicos; centrales térmicas, fundiciones y calderas industriales. En
casa, también los vapores de fritura, el aceite sobrecalentado, las velas y el incienso.

PM10: Polvo de cemento, yeso y arena, de obras, demoliciones y canteras; polvo sahariano y tierra levantada por el viento; polen, esporas, ácaros y restos vegetales; polvo resuspendido de la calzada y partículas del desgaste de frenos y neumáticos; cenizas volcánicas.

Dióxido de nitrógeno (NO2): Gas irritante que generan los motores y las centrales térmicas.

Ozono troposférico (O3): Se forma a ras de suelo con la radiación solar y afecta al 97 % de la población europea.

Benzo(a)pireno: Sustancia cancerígena procedente de la combustión incompleta de carbón, leña y derivados.

España frente al espejo
En 2015, la mitad de la población española respiró aire con niveles de contaminación por encima de los estándares europeos: un 14,7 % por óxidos de nitrógeno y un 31,5 % por ozono. En numerosas estaciones de medición de Madrid, Barcelona, Granada, Murcia, Valencia o Sevilla, la media anual de
NO2 superó con holgura el límite legal de protección de la salud, fijado en 40 µg/m³.
Los estudios epidemiológicos realizados en nuestro país dibujan un patrón coherente: cuando sube la concentración de este gas, aumentan los ingresos hospitalarios por problemas respiratorios. Lo que ocurre en el aire de la calle acaba, literalmente, en las urgencias de nuestros hospitales.

La buena noticia: el aire se puede limpiar
Aquí la historia cambia de tono. A diferencia de otros problemas ambientales, la contaminación del aire responde rápido cuando actuamos. Los contaminantes no se acumulan durante siglos: si dejamos de emitirlos, el aire mejora en cuestión de días o semanas, y la salud de la población lo nota enseguida.

Menos niños en el hospital: En ciudades que lograron reducir sus picos de contaminación, los ingresos pediátricos por enfermedades respiratorias cayeron hasta un 87 %.

Calles para las personas: Peatonalizar, ensanchar aceras, crear ejes comerciales sin coches y extender los carriles bici no solo limpia el aire: invita a caminar y a moverse, y ayuda a prevenir la obesidad, la diabetes y la hipertensión.

Energía limpia: Electrificar el transporte público, implantar zonas de bajas emisiones (ZBE) y sustituir las calderas de carbón y gasóleo son medidas con resultados medibles. Y hay un beneficio añadido: casi todo lo que hacemos para limpiar el aire de nuestras ciudades también frena el cambio climático. Es difícil encontrar una inversión con un retorno tan doble.

Y hay un beneficio añadido: casi todo lo que hacemos para limpiar el aire de nuestras ciudades también frena el cambio climático. Es difícil encontrar una inversión con un retorno tan doble.

Lo que está en nuestras manos
Es fácil sentirse pequeño ante cifras de millones. Pero las ciudades que hoy respiran mejor no lo consiguieron por casualidad: lo hicieron porque su ciudadanía lo pidió, lo apoyó y lo defendió cuando las medidas resultaban incómodas. Cada vez que elegimos caminar, ir en bicicleta o en transporte
público, que apoyamos un entorno escolar sin coches o que preguntamos a nuestros representantes qué se está haciendo con la calidad del aire de nuestro barrio, empujamos en la misma dirección.
La próxima vez que salga a la calle, respire hondo y piense en esa madre con el carrito, en ese hombre del banco, en esos chavales en bicicleta. El aire es lo único que compartimos todos, sin excepción.

Cuidarlo es cuidarnos.

Construir ciudades respirables no deberia ser un lujo sino la receta de
salud más urgente, y más esperanzadora, del siglo XXI.

Referencias

  1. Royal College of Physicians. Every breath we take: the lifelong impact of air pollution. Report of a working party. London: Royal College of Physicians; 2016
  2. Royal College of Paediatrics and Child Health. Air pollution in the UK: position statement. London: RCPCH; 2024. Updated 11 December 2025
  3. Ortega-Garcia JA, Sanchez-Solis M, Ferris-Tortajada J. Air pollution and children’s health. An Pediatr (Barc.) 2018;89:77-79.

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