Madrid, España – RED Salud Planetaria | Respirar aire limpio ya no es lo normal; se ha convertido en una rareza en gran parte del planeta. Un análisis global reciente muestra que solo 13 países cumplen con los niveles de calidad del aire considerados seguros para la salud, un dato que resume con claridad el deterioro progresivo del aire que respiramos.

La calidad del aire está empeorando, según apuntan los autores del estudio en donde se han incluidos miles de ciudades de todo el mundo. Actualmente, solo el 14 % de las ciudades presentan niveles seguros de contaminación, frente al 17 % registrado un año antes. Esta disminución, aunque aparentemente moderada, refleja un cambio sostenido hacia un aire más cargado y perjudicial.

Este deterioro no es casual, sino que está estrechamente ligado al cambio climático. El aumento de incendios forestales, la expansión de tormentas de polvo, las olas de calor más intensas y las sequías prolongadas contribuyen a liberar y concentrar partículas contaminantes en la atmósfera. Como resultado, incluso regiones alejadas de grandes focos industriales experimentan un empeoramiento de la calidad del aire.

Principales focos de incendio en Europa en 2025. Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS) – Copernicus (Comisión Europea)

En el centro de este problema se encuentran las partículas conocidas como PM2,5, microscópicas e invisibles, pero altamente peligrosas. Estas partículas pueden penetrar profundamente en los pulmones y entrar en el torrente sanguíneo, aumentando el riesgo de enfermedades respiratorias, cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer. La Organización Mundial de la Salud establece un límite anual de 5 microgramos por metro cúbico, pero la mayoría de los países supera este umbral.

A pesar de este panorama, aún existen algunos lugares donde el aire se mantiene dentro de los niveles seguros. Solo 13 países y territorios cumplen con las recomendaciones internacionales, y en Europa la lista se reduce a 3.

Fuera del continente, predominan territorios con baja densidad de población, escasa industrialización y ecosistemas relativamente preservados, como Australia, Barbados, Bermudas o varias islas del Pacífico.

Este patrón no es casual: los países con menor presión humana sobre el entorno tienden a conservar mejor la calidad del aire. Menos tráfico, menos industria y más espacios naturales se traducen en menores concentraciones de contaminantes y, por tanto, en un aire más saludable.

En contraste, existen regiones donde la contaminación alcanza niveles muy elevados. Países como Pakistán, Bangladesh, Tayikistán, Chad o la República Democrática del Congo registran concentraciones muy superiores a las recomendaciones. En estos contextos, factores como el uso intensivo de combustibles fósiles, el crecimiento urbano acelerado, la falta de regulación ambiental y ciertas condiciones geográficas favorecen la acumulación de contaminantes.

Barbados vs Bangladesh

Europa se sitúa en una posición intermedia, con niveles generalmente más bajos que en otras regiones del mundo, pero aún lejos de los estándares de salud. En algunas zonas del este y sureste del continente, incluso se observa un aumento reciente de los niveles de polución.

La calidad del aire y el cambio climático están profundamente conectados, ya que comparten causas y consecuencias. La quema de combustibles fósiles libera tanto gases de efecto invernadero como partículas contaminantes, lo que significa que actuar sobre una de estas variables tiene efectos directos sobre la otra. Al mismo tiempo, el calentamiento global agrava la contaminación al favorecer condiciones que incrementan la presencia de partículas en el aire.

A diferencia de otros impactos del cambio climático, la contaminación del aire suele ser menos visible y más silenciosa. No siempre genera imágenes espectaculares ni ocupa titulares constantes, pero sus efectos son persistentes y acumulativos. Millones de personas están expuestas diariamente a un aire que deteriora su salud de forma gradual.

En conjunto, estos datos apuntan a una realidad sencilla pero inquietante: respirar aire limpio ya no es lo habitual, sino la excepción. Esta situación obliga a replantear la forma en que entendemos la crisis climática, que no solo se manifiesta en el aumento de temperaturas o en fenómenos extremos, sino también en algo tan cotidiano como el aire que respiramos cada día.

Fuente original: Euronews


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