Cardiff, UK. | Esther Tobarra. – ¿Es posible proteger el medio ambiente sin proteger al mismo tiempo a las personas en riesgo de exclusión social? La experiencia de las chinampas de Xochimilco, en Ciudad de México, demuestra que la sostenibilidad ambiental solo es real cuando va de la mano de la sostenibilidad social. Este sistema agrícola milenario no es solo una técnica de producción de alimentos: es un ejemplo vivo de cómo los sistemas alimentarios, la salud humana, la justicia social y la conservación de los ecosistemas están profundamente interconectados.

Chinampas: agricultura, biodiversidad y salud urbana
Xochimilco, situado a unos 28 kilómetros al sur de Ciudad de México, es uno de los últimos vestigios del antiguo sistema lacustre del valle. Allí, las chinampas permitieron durante siglos ampliar la superficie cultivable en zonas inundables y abastecer de alimentos frescos a la población local.
La palabra chinampa, proviene del náhuatl “chinampan”, y significa “en la cerca de cañas”, pues las chinampas son islotes artificiales que forman suelos de conservación construidos con sedimentos, vegetación y cañas. Se cree que es una ingeniosa y eficiente técnica iniciada en la época de los toltecas, aunque fue en 1519 que este método se popularizó y ocupó casi el 100% del lago Xochimilco, y gracias a ello, una amplia población se pudo desarrollar a sus orillas. En 1987 fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Las chinampas son un ejemplo de cómo se puede integrar la productividad con el respeto por la biodiversidad y el equilibrio ecológico. El uso de técnicas agrícolas sin agroquímicos, la rotación y asociación de cultivos y la gestión natural del agua y las plagas favorecen la fertilidad del suelo, la filtración hídrica y la conservación de especies. Es así como árboles, insectos y peces de distinta complejidad y tamaño, (como los emblemáticos ajolotes), pueden crecer y vivir exuberantes cuando las condiciones se respetan.
Es increíble que tan cerca de un entorno urbano densamente poblado como es la ciudad de México, las chinampas preserven hábitats y ecosistemas con un alto valor paisajístico y ambiental, y actúen como un auténtico pulmón verde para la capital, que contribuye a la calidad del aire y a la regulación climática local.

Amenazas ambientales y sociales
Hoy el sistema enfrenta amenazas múltiples: contaminación del agua, especies invasoras, expansión urbana y turística, y pérdida de rentabilidad de la agricultura tradicional. A ello se suma un factor clave desde la perspectiva de la salud planetaria: la pérdida de valor social de las chinampas y de sus alimentos.
En las últimas décadas, estos productos comenzaron a percibirse como “comida de pobres”, una estigmatización ligada no a su calidad nutricional, sino a jerarquías sociales heredadas del colonialismo y a la transición hacia dietas occidentalizadas y ultraprocesadas. Este proceso refleja racismo estructural y exclusión étnica, que han relegado históricamente los sistemas agrícolas indígenas frente a modelos agroindustriales asociados al progreso, pese a su menor sostenibilidad.
La desconfianza ante la posible contaminación llevó incluso a las propias comunidades a evitar su consumo, mostrando cómo degradación ecológica y desigualdad social se retroalimentan y debilitan la resiliencia de los sistemas alimentarios locales.
Sostenibilidad social: la pieza que falta
Desde una perspectiva ecosocial, el cambio climático es también una amenaza al bienestar humano que profundiza pobreza y desigualdades. En este sentido, la sostenibilidad no puede sostenerse solo en pilares ecológicos o incluso económicos.
Es aquí donde la sostenibilidad social integra aspectos como la equidad y la creación de entornos saludables a través de la participación comunitaria. Por ejemplo, las chinampas son clave en seguridad alimentaria, ya que podrían abastecer a la población incluso en temporadas de sequía o descensos de rendimiento agrícola asociados al cambio climático.
Aunque surgieron antes de los marcos teóricos de la sostenibilidad social, comparten aspectos con los proyectos de innovación eco-social: integran producción y empleo local, valor nutricional, cultura alimentaria y cuidado del ecosistema. Su continuidad exige adaptarlas a las necesidades actuales, incorporando los productos a platos atractivos que pongan en valor su sabor, autenticidad, cultura y carácter saludable. Para ello se requiere superar barreras comunes de la gastronomía como la estacionalidad y falta de estandarización de los productos; y el apoyo de políticas públicas, instituciones académicas, sector privado y comunidad.
Otras estrategias como “la denominación de origen” y el ecoturismo cultural pueden revalorizar estos productos, siempre que se proteja el territorio, se integren las prácticas tradicionales y garanticen precios justos, educación alimentaria y que los beneficios económicos permanezcan en las comunidades y no en los intermediarios. Asimismo, la equidad de género y el reconocimiento de los derechos campesinos son centrales: sin abordar estas desigualdades estructurales no hay soberanía alimentaria ni sostenibilidad real.

Una lección para la salud planetaria
La infravaloración de los conocimientos y prácticas agrícolas indígenas perpetúa desigualdades étnicas y de acceso a recursos y espacios de decisión. Reconocer el valor de las chinampas implica entender que la justicia ambiental es inseparable de la justicia social y que revalorizar sus alimentos es también un acto de reparación histórica frente al racismo estructural en los sistemas de producción y consumo.
El vínculo entre las dimensiones sociales, económicas y ambientales de las sociedades es ineludible, y los derechos humanos y la justicia social deben situarse en el centro de la acción climática. Las chinampas de Xochimilco nos recuerdan que la salud del planeta y la salud de las personas son inseparables: no puede haber sostenibilidad ambiental duradera sin justicia social, ni sistemas alimentarios saludables sin comunidades protegidas y empoderadas.




