Por Fernando Wang
28 de julio de 2025. Marsella, Francia – Cuando hablamos de cambio climático, solemos pensar en tormentas, incendios o sequías. Pero hay una amenaza más silenciosa y cercana que afecta directamente a nuestra salud: la calidad de nuestras viviendas. ¿Vivimos en casas preparadas para un clima cada vez más extremo? ¿Tienen nuestras viviendas lo necesario para protegernos, especialmente a los más vulnerables?
El concepto de vivienda adecuada va mucho más allá de tener un techo. Según organismos internacionales, se trata de un derecho fundamental que incluye vivir en un espacio seguro, digno, saludable y en paz. No basta con cuatro paredes: también cuenta la ubicación, la accesibilidad, la infraestructura básica, la protección contra desalojos arbitrarios, y el respeto a la identidad cultural del lugar.
Sin embargo, esto no significa que el Estado deba proveer una vivienda a cada persona. Su papel está en garantizar que el acceso sea equitativo y asequible, intervenir en situaciones de vulnerabilidad (como personas sin hogar o víctimas de desastres), y promover regulaciones para mejorar la eficiencia energética y la sostenibilidad de las construcciones.
Cuando el hogar enferma: riesgos para la salud
Vivir en una vivienda inadecuada puede tener consecuencias graves para la salud. Y con un clima cambiante, los riesgos se multiplican. Estos son algunos de los más comunes:
- Hacinamiento: compartir espacios reducidos con muchas personas aumenta el riesgo de enfermedades infecciosas y problemas de salud mental como estrés o depresión. Niños, personas mayores y personas con enfermedades crónicas son quienes más sufren esta sobrepoblación doméstica.
- Temperaturas extremas: sin un buen aislamiento térmico, las casas se convierten en hornos en verano y en congeladores en invierno. Esto favorece desde deshidratación hasta enfermedades cardiovasculares y respiratorias. El impacto es aún mayor en ancianos, bebés y personas con problemas crónicos.
- Barreras físicas y estructurales: la falta de accesibilidad puede hacer que una simple escalera se convierta en una trampa. Las personas mayores, especialmente, corren mayor riesgo de caídas y aislamiento social cuando sus viviendas no están adaptadas.
- Mala calidad del aire interior: cocinas mal ventiladas, materiales tóxicos o humedad pueden causar enfermedades respiratorias, alergias y hasta complicaciones cardiovasculares. Una mala calidad del aire en casa puede ser tan perjudicial como la contaminación exterior.
El cambio climático agrava el problema
Todo esto se vuelve aún más crítico en un contexto de crisis climática. Con fenómenos meteorológicos cada vez más extremos y frecuentes, las viviendas frágiles dejan de ser un refugio. Y quienes más lo padecen son los más vulnerables: personas mayores, niños pequeños y pacientes con enfermedades pocrónicas.
El calentamiento global multiplica los efectos del calor extremo y altera la propagación de enfermedades transmitidas por el agua, el aire o insectos. La vivienda, en este contexto, se convierte en la primera línea de defensa. Una casa bien construida y adaptada puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte durante una ola de calor, o reducir la propagación de enfermedades tras una inundación.
En una sociedad que envejece, proteger el hogar es proteger la salud
Europa, y gran parte del mundo, se enfrenta a una sociedad envejecida. Este grupo poblacional tiene un sistema inmunitario más débil y necesidades físicas específicas. Si no adaptamos las viviendas a estas condiciones, estaremos exponiendo a millones de personas a riesgos evitables.
Mejorar la calidad de las viviendas debe formar parte de las políticas de adaptación al cambio climático, y no ser solo un asunto urbanístico. No se trata solo de eficiencia energética, sino de salud pública, de justicia social y de sostenibilidad.
¿Qué se puede hacer?
- Invertir en rehabilitación energética de viviendas antiguas, mejorando aislamiento térmico, ventilación y eficiencia de los sistemas de climatización.
- Asegurar que todas las viviendas nuevas cumplan con estándares mínimos de habitabilidad climática.
- Diseñar viviendas accesibles para personas mayores o con movilidad reducida.
- Promover políticas de vivienda social que tengan en cuenta la equidad y la vulnerabilidad climática.
- Incluir la salud ambiental del hogar en las estrategias nacionales de cambio climático.
Repensar la vivienda en la era del clima extremo
La vivienda no es solo una necesidad básica. Es un determinante clave de la salud, especialmente en un mundo con un clima más impredecible. Entender que una vivienda adecuada es también una herramienta de resiliencia climática es fundamental si queremos enfrentar de forma justa y efectiva la emergencia climática.
Proteger a las personas empieza por proteger los lugares en los que viven. Y eso implica mirar el hogar no solo como un espacio privado, sino como un derecho colectivo que merece inversión, regulación y compromiso.





